Las luces palpitaban al ritmo de una leve vibración que sentía dentro de mi boca. Realmente yo no comprendí el momento en que llegué a encontrarme en este antro, ni menos aún el segundo en que la oscuridad me parecía el día. Las sombras se contorneaban de lado a lado, arriba y abajo; eran dos, más que dos, ninguna. Transcurrían las horas y aquellas vibraciones iniciales habían producido en mí la más añta dosis de relajación que nunca antes haya experimentado. La oscuridad y los levres brillos a lo lejos me confortaban aun más. El éxtasis me agradaba. Entraba por mi boca y salía por toda mi piel, se posesionaba de los que me rodeaban, y volvía nuevamente a mí, como una intensa electricidad, como un rítmico fluido por las energías que ahora sólo eran una. Mis manos se alargaban y empequeñecían cuando intentaba tocarme, cuando intentaba tocarlos, todos aquellos latidos. Los brillos, a lo lejos; ellos, los que brillaban, nos miraban constantemente, pero yo no podía más que seguir en lo que estaba, con aquellas vibraciones, aquella energía que se apoderaba de mí, que me llevaba hasta el más intenso nirvana, tan oscuro e incandescente, tan espeso y fluido a a vez. Las pieles dejaron de existir.
Texto de alguna fecha del año 2009.
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